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¿Manos y pies siempre fríos? Cinco consejos para mejorar la circulación y cuándo consultar al médico

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Sentir las manos y los pies fríos durante el invierno es habitual, pero cuando esta situación se repite durante todo el año podría estar relacionada con problemas de circulación que merecen atención médica.

Especialistas advierten que una circulación deficiente puede provocar síntomas como hormigueo, entumecimiento, debilidad muscular, dolor en las piernas, piel pálida o azulada y, en casos más severos, la aparición de úlceras o lesiones en la piel.

Ante este cuadro, los profesionales recomiendan adoptar hábitos saludables que ayuden a mejorar el flujo sanguíneo:

1. Mantenerse activo

Caminar regularmente y evitar permanecer muchas horas sentado o de pie favorece la circulación, especialmente en las piernas.

2. Llevar una alimentación saludable

Seguir una dieta equilibrada, con abundantes frutas, verduras, cereales integrales y bajo consumo de grasas saturadas, ayuda a proteger el sistema cardiovascular.

3. Utilizar prendas de compresión solo bajo indicación médica

Las medias o guantes de compresión pueden ser útiles en algunos casos, aunque su uso debe ser recomendado por un profesional.

4. Elevar las piernas

Al descansar, elevar las piernas por encima del nivel de las caderas facilita el retorno de la sangre hacia el corazón y disminuye la sensación de pesadez.

5. Dejar de fumar

El tabaco y otros productos con nicotina provocan el estrechamiento de los vasos sanguíneos y empeoran notablemente la circulación.

Los especialistas también aconsejan evitar el uso de ropa excesivamente ajustada y no aplicar calor directo sobre manos o pies cuando existe pérdida de sensibilidad.

Finalmente, remarcan la importancia de no subestimar los síntomas. Si la sensación de frío es persistente o se acompaña de dolor, cambios en la coloración de la piel, hinchazón o dificultades para caminar, es fundamental consultar a un médico para descartar enfermedades cardiovasculares, diabetes u otros trastornos circulatorios.

La detección temprana y los cambios en el estilo de vida pueden ser claves para prevenir complicaciones y mejorar la calidad de vida.

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